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domingo, 28 de agosto de 2016

El andén 9¾ caraqueño

El Metro de Caracas se construyó con un pensamiento artístico: no solo era un medio de transporte, sino que mejoró el paisaje de la ciudad en cada estación, que a su vez estaban pensadas para ser un punto de encuentro agradable rodeado de belleza. 

Incluso cuando todo lo demás comenzó a cambiar en Caracas, cuando la desidia y el mal humor, la inseguridad y la basura empezaron a hacerse muy presentes en nuestra ciudad, el Metro continuó siendo un emblema para los caraqueños. Estábamos tan orgullosos de tener "El mejor metro del mundo", que cuando entrábamos en él cambiábamos totalmente nuestra actitud y volvíamos a levantar la mirada, sonreíamos, no tirábamos nunca un papel en el suelo, cedíamos el asiento a los mayores, discapacitados o embarazadas... O sea, era un portal hacia una dimensión en la que hacíamos gala de nuestra alta capacidad de civilización.

Me gusta pensar que esa dimensión todavía existe. Que esa ciudad amable, artística, bella y que saca lo mejor de nosotros, sigue ahí en alguna parte. Que si seguimos buscando, el portal hacia ella se abrirá y volverán los cafés en las terrazas de Sabana Grande, las tardes de patines en Chacaíto, las lecturas en las afueras de la estación de Colegio de Ingenieros o los paseos tranquilos en el Parque de los Caobos que terminaban con un helado en la cafetería del Museo de Bellas Artes.

Si ese portal existe, ya les digo que está en algún lado del Metro de Caracas. Nuestro andén 9 ¾ caribeño.



martes, 8 de diciembre de 2015

¡La nueva Venezuela es vinotinto!



Querido y bravo pueblo de mi Venezuela:

Después de la euforia merecida de los que apostamos por un cambio, me alegra leer, aunque sea en algunos contados espacios rojos, un poco de autocrítica, que en estos tiempos considero fundamental. 

El chavismo está decepcionado con los resultados electorales, pero una gran parte también contribuyó en ellos. Más allá de especular en posibles escenarios o hacerse eco de comentarios que critican la decisión de la gran mayoría del pueblo, hay que preguntarse qué está diciendo ese país por el que todos trabajamos, por qué decidió salir a votar por un cambio y cuáles son nuestros puntos de encuentro. 

Creo fundamental que comencemos a trabajar por la unión del país, y dejar de lado los discursos de odio, de echar en cara errores o de suponer que se cometerán otros. ¿Acaso no somos todos hijos de Bolívar? ¿Acaso no queremos todos un país seguro? ¿No queremos exhibir nuestras riquezas naturales al resto del mundo con una industria turística que genere empleo, que invite a otros a disfrutar de nuestra gastronomía y de nuestra riqueza cultural, y que sea también una alternativa de ingresos para el país que pueda diversificar nuestra economía y disminuir el impacto que tenga en nuestra gente la caída del precio del petróleo? ¿Acaso no queremos vivir en paz y reconciliarnos con el vecino, el primo o el colega a quien ahora consideramos que está "en otro bando"? 

Comencemos por asumir responsabilidades, estudiar nuestras actitudes al ganar y perder elecciones y también por estudiar qué ha fallado en nuestra gestión. Esto lo deben hacer todos, rojos y azules, vinotinto todos. 

Asumir con humildad nuestros errores es el primer paso para corregirlos, y reconocer en el otro al hermano más allá de su tendencia política es vital para comenzar a construir la Venezuela que TODOS queremos.

¡Felicidades a los demócratas! Acaba de comenzar una nueva etapa en nuestra historia: ¡¡Ahora Venezuela es vinotinto!! 

lunes, 9 de noviembre de 2015

Una realidad normal, o buena suerte a la señora del '63




Hace tiempo que quiero escribir, pero en general, cuando las cosas van bien y todo funciona regularmente, las musas se aburren y no hay mucho qué contar. Llegué a esta conclusión el otro día, cuando me dio por releer algunos posts, y resulta que hay un par muy interesantes -aunque esté mal que lo diga yo- sobre la cotidianidad en Venezuela: cómo pagar en un supermercado podía ser una auténtica prueba a la paciencia -porque se iba la línea, no porque no hubiera productos-; cómo las cornetas, el tráfico interminable y el colapso de Caracas ante una simple lluvia contrastaban con la majestuosidad de El Ávila en su imperturbable amanecer, con las simpáticas guacamayas que recorrían la ciudad dándole los buenos días por las mañanas, y despidiéndose hasta el día siguiente por las tardes, y con ese encanto ecléctico que permite disfrutar de una cena relajada en la sucursal del cielo, por más que el camino de vuelta a casa implique no parar en ningún semáforo por si te atracan.

En el "primer mundo" las cosas son distintas. Aquí todo el mundo sabe el tiempo que le llevará entrar a un supermercado y comprar lo que necesite. Se quejan, sí, y con razón, de que en las citas que han solicitado por internet para ser atendidos en un hospital termine yéndoseles la mañana. Yo también me quejaría, porque hay que exigir excelencia para que "el sistema" mejore, pero estoy muy ocupada viendo la calidad de los hospitales, la profesionalidad de los médicos y los recursos disponibles para todos. 

Cuando oigo a los españoles quejarse de sus funcionarios públicos, recuerdo a la policía que me entrevistó cuando estaba por casarme: amable y comprensiva, como casi todos los funcionarios públicos que me han atendido aquí. Sonrío al oírlos hablar de la indignación que les produce haber perdido un día de trabajo por hacer una u otra gestión. ¿Y por qué sonrío? Porque al final del día, SIEMPRE se van con el papel que fueron a buscar, con la cédula actualizada o habiendo visto al médico. 

Es entonces cuando la sonrisa se me borra y me entra esta desazón que creo que todos los que estamos fuera sentimos cuando vamos a un supermercado y tenemos todo a nuestro alcance. Y con "todo" quiero decir TODO, Harina Pan incluida. Ese sentimiento de tristeza, indignación y hasta culpa que nos recuerda que renovar el pasaporte nos tomó 8 meses, que nuestras familias no tienen hospitales decentes a los que ir o que han olvidado incluso lo que se siente que un funcionario público les dé los buenos días. Estas ganas inmanejables de traerlos a todos para que disfruten de nuevo de una caminata nocturna, de sentarse en una terraza a tomarse un café, de ir de compras solo cuando es necesario...

Y aquí estoy de nuevo, intentando escribir algo más actual, y solo puedo pensar en la señora que dejó su currículum en la academia de inglés donde trabajo. Una caraqueña del '63, con títulos universitarios y una brillante carrera forjada durante años en una Venezuela segura y próspera, con apenas 4 años de haber conquistado su libertad. Una señora que nació en la mejor época de mi país, y vio llegar a muchos inmigrantes europeos que buscaban un futuro que sus países no podían darles. Ahora, a sus 52 años, esta compatriota busca empezar de cero en un país que no es el suyo, por más que le haya abierto las puertas. 

Ojalá esta señora y todos los venezolanos de "la diáspora" tengan una vida tranquila y exitosa. Ojalá nos formemos todos y busquemos la manera de ayudar a los nuestros, que cada día parecen tener más historias inverosímiles para contar. Ojalá nuestro país se reencuentre consigo mismo y vuelva a ofrecernos un futuro. 

Entonces, con las musas revoloteando con las guacamayas para no morir de aburrimiento, inventaremos muchas más historias que no tengan nada que ver con la realidad. ¿Por qué? Porque nuestro deseo se habrá cumplido y nuestra realidad será, simplemente, normal. 

domingo, 1 de febrero de 2015

No solo los alimentos y las medicinas escasean en Venezuela


Febrero, 1989: Caracazo
La última vez que los militares intervinieron en una manifestación civil en Venezuela
Fotos: noticias24.com, taringa.net, runrun.es y talcualdigital.com


La autorización de armas mortales para la represión de las manifestaciones en Venezuela, emitida oficialmente por el Ministerio de la Defensa del país caribeño a través de la resolución 008610, se suma a la lista de imposiciones anticonstitucionales que criminalizan la disidencia y coartan los derechos fundamentales más básicos: la libertad de expresión, el derecho a manifestación y la prohibición del uso del ejército en el control de manifestaciones civiles.

Esta última medida fue ordenada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos tras el fatídico episodio del Caracazo, ocurrido entre el 27 de febrero y el 8 de marzo de 1989, cuyo sangriento resultado fue ampliamente repudiado por gran parte de la población, incluidos los hoy maduristas.

Es importante resaltar que la resolución 008610 aparece a pesar de ser contraria al artículo 68 de la Constitución venezolana, la cual prohíbe “el uso de armas y sustancias tóxicas en el control de manifestaciones pacíficas”, y deja a discreción de los efectivos militares apelar a la “fuerza potencialmente mortal” en caso de la creación de una “situación de riesgo mortal” no expresamente definida; todo ello en medio de la peor crisis económica y social que han atravesado los venezolanos en su historia democrática.

Resulta también sospechosa la cercanía con el aniversario de las protestas más brutalmente reprimidas, encabezadas por los movimientos estudiantiles el 12 de febrero de 2014. Como consecuencia de ellas, unas 40 personas fueron asesinadas y hubo más de 1.600 detenciones arbitrarias (51 de ellas aún siguen detenidas).

La sensación que queda, al final, es que no solo los alimentos y las medicinas escasean en Venezuela. Parece que los derechos fundamentales, desde hace algún tiempo, también.



miércoles, 18 de junio de 2014

El peligro de los nuevos liderazgos

Aunque impacta el logro obtenido por el partido Podemos en las recientes Elecciones al Parlamento Europeo, éxito que lo convierte en una opción distinta en medio de la crisis de la clase política que atraviesa España, no es prudente dejarse llevar por las esperanzas de una alternativa que aparenta neutralidad por su frescura.

Es cierto que el discurso de Pablo Iglesias ha resultado muy convincente a la hora de exponer las frustraciones de los electores, tomando como punto de encuentro la decepción generalizada hacia el bipartidismo y la corrupción. Sin embargo, algunas de sus declaraciones pueden resultar peligrosas desde un punto de vista demócrata y pacífico. Su defensa de la libertad del porte de armas en Estados Unidos como base de la democracia y ciertos coqueteos con organizaciones terroristas vascas, son un par de ejemplos. No obstante, a una periodista venezolana radicada en España, le llama la atención su explícita conexión con Hugo Chávez y su régimen.

En una entrevista hecha al líder de Podemos en el canal del Estado en Venezuela, Venezolana de Televisión, surgen numerosas inquietudes ante el repentino poder de convocatoria que ha demostrado este profesor de la Complutense de Madrid.

Me pregunto si los votantes del nuevo eurodiputado le han oído decir que "no puede haber democracia si todos los medios de comunicación están al servicio de los poderosos", y que "Venezuela ha demostrado tener una de las democracias más sólidas del mundo", cuando hay periodistas venezolanos amenazados, agredidos, medios de comunicación cerrados y el canal del Estado no transmite ninguna opinión contraria a la revolución chavista; cuando en Venezuela ya no hay canales de televisión opositores y quedan muy pocos de radio y prensa escrita; cuando los medios allí están controlados por los chavistas, o sea, por los poderosos. 

Me pregunto si saben que habló en ese plató sobre pluralidad y sobre la importancia de debatir las ideas, cuando más de la mitad de mi país está amordazado en ese canal que mantenemos todos. 

Me pregunto si les preocupará que el Sr. Iglesias haya hablado de los horrores de la represión actual en España, estando en un país que tiene un régimen que masacra estudiantes desarmados y tortura a la gente que protesta porque no hay seguridad, comida ni medicinas. 

¿Les preocupará acaso que haya dicho que envidia a los españoles que residen en Venezuela? Como extranjera, no me meteré en los planteamientos de su campaña referentes al bipartidismo y la corrupción, pero una cosa sí sé: Vivir en Venezuela es, desde que gobierna el chavismo, vivir con miedo por la inseguridad, vivir con problemas para conseguir alimentos por la escasez y con incertidumbre por la inexistencia de seguridad jurídica. 

Por lo tanto, me gustaría sugerir a los seguidores del Sr. Iglesias que están buscando una alternativa al bipartidismo, que busquen en Internet sus declaraciones en el pasado. Tengo la esperanza de que, de haberle oído decir ciertas cosas que en su campaña no repitió, su poder de convocatoria no hubiera sido tan grande.

Por último, quisiera enviarle un sincero mensaje al líder de Podemos. Sr. Iglesias: no envidie a los españoles que residen en Venezuela. Es bienvenido a quedarse allí, para que viva de primera mano todo lo bueno que ha traído consigo la "revolución bonita" que, según usted mismo, está "contra los intelectuales".

martes, 15 de abril de 2014

Por qué el escepticismo hacia el diálogo en Venezuela

Históricamente, los estudiantes han representado un liderazgo nato en Venezuela. Su contagioso vigor, su convicción a toda prueba, sus justas exigencias y la inexistencia de "intereses velados", hacen de este movimiento un verdadero huracán. Cualquier gobierno sensato los tomaría en cuenta. Pero de vez en cuando se da el caso de que, gracias a triquiñuelas disfrazadas de sistema democrático, llega al poder un gobierno poco sensato... y se cierra la partida. 

Por un lado está el gobierno, con amplia y poco legítima ventaja en todos los poderes, con armas, medios de comunicación, una fuente constante de dinero y muchas ganas de seguir disfrutando de las mieles de su posición. Por el otro, los estudiantes, armados solo con ideales, ganas de salir adelante y conciencia de que un futuro digno es imposible bajo estas directrices. No es de extrañar que la mayoría de los venezolanos les tenga simpatía.

Pero las armas de los universitarios no se quedan allí. Una, muy importante, fue obviada por un gobierno que los subestimó: su poder de convocatoria.

No solo están de acuerdo, también están comunicados. Están por todo el país, saben organizarse y se valen de las redes sociales para publicar sus denuncias al mundo. Resultado: Lo que el gobierno creyó ser una pataleta de niños malcriados, terminó siendo una revuelta de dos meses y contando. 

Maduro falló al calcular la dimensión de las protestas, no solo en cuanto a su extensión territorial, sino en la profundidad del descontento. La violencia ejercida por grupos civiles armados por el gobierno, la persecución ilegal de disidentes, el cerco a los medios de comunicación y periodistas, la escasez producto del descalabro económico y el descuido de los intereses y  necesidades de los venezolanos, son reclamos que hace la sociedad entera. 

Así llegamos aquí: al momento en el que el gobierno entiende que, para mantener su imagen en el exterior, debe sentarse en un "diálogo". Pero, cuando amplios sectores de la sociedad están involucrados en las protestas, ¿a quién eliges como interlocutor? 

La coalición de partidos políticos adversos al gobierno, MUD (Mesa de la Unidad Democrática), ha hecho una gran labor por salvaguardar los pocos resquicios democráticos que aún quedan en el país, pero, como bien dijeron en el primer debate con el equipo oficialista, no representan a los estudiantes.

La MUD no convocó la protesta, no siempre la apoyó y no tiene poder para cesarla. Si el gobierno quiere restablecer la normalidad en el país, lo sensato sería que involucrara a los estudiantes en la mesa de diálogo. Pero ya hemos dicho que, de vez en cuando, los gobiernos no son sensatos.

El panorama es muy complejo y hay que sumarle a los radicales de ambos bandos que, por un lado, pretenden colapsar al país para forzar un paro nacional, y por el otro, amedrentan a los manifestantes y a sus familias disparando a diestra y siniestra en las zonas residenciales de clase media. Ninguno tiene el apoyo de la mayoría de la sociedad civil, pero juegan un papel importante en el desarrollo de los acontecimientos.

En conclusión, decir que hay "diálogo" en Venezuela es pecar de inocencia. Habla un gobierno desde su palacio con un grupo de personas que traen denuncias, a quienes se les responde con desdén la misma cantaleta de siempre: quieren derrocarnos porque son fascistas y apátridas. Mientras tanto, en las calles, los estudiantes siguen con su lucha, ajenos a la farándula gubernamental y a los veedores internacionales, cuya labor deja mucho que desear si no son capaces de preguntar por qué los protagonistas de esta historia no han sido invitados al debate.



jueves, 14 de abril de 2011

Caracas, la bella


Soy una caraqueña enamorada de Caracas.

Sí, lo afirmo con convicción, aunque mi maltratada ciudad esté llena de basura, de peligros y de innumerables sitios a los que no he ido nunca ya sea por peligrosos o porque no he tenido nada qué hacer ahí.

Caracas tiene el encanto de un valle hermoso, con una indescriptible variedad de verdes que cuesta mucho dejar de extrañar. Es una ciudad madrugadora, que se esfuerza día a día para hacer que sus hijos obvien las precariedades de la vida cotidiana para empezar una jornada con aroma de árboles frescos, de cafecito recién colado y de empanadas de queso.

Si me preguntan lo que más extraño, además de mi familia y de mis amigos, claro, no dudaré ni un segundo en contestar que a El Ávila.

Ya sé que puede parecer un cliché, pero es que el resto del mundo (e incluso nosotros mismos) no tiene idea de lo que ese cerro significa para nosotros.

Justo cuando estás embotado, cansado de la cola de 3 horas para llegar a casa o de la basura de las calles, levantas la cabeza y ahí está: sereno, majestuoso, siempre sonriente.

Desde cualquier punto de la ciudad puede verse y olerse. Desde cualquier rincón nos señala el Norte y nos ubica entre tanto caos.

Caracas tiene el encanto de la ciudad que alguna vez fue una metrópolis de las más importantes, y ahora, después de tantos golpes y magulladuras, se ha vuelto una urbe más realista, madura y enigmática.

Para disfrutar de Caracas hay que conocerse primero a uno mismo: Los lugares para amantes del orden y la belleza impoluta son escasos, pero existentes. En cambio, quienes aprecian el eclecticismo, la fascinación de lo arriesgado junto a lo bizarro pero a la vez armonioso, tienen sitios de sitios para escoger.

La cosa con mi Caracas es que hay que ir con cuidado. Tantos años de indiferencia han hecho mucho daño, y a pesar de que un criollo sabe perfectamente por dónde ir y por dónde no, en los últimos años ha sido imposible evitar que el miedo penetre en nuestros huesos.

Poco queda de la ciudad que trajo a mi abuelo desde Bolivia para brindar mejores oportunidades a su familia.

Poco queda del país de gente amable que recibe con los brazos abiertos a los miles de inmigrantes que veían en él un sitio con posibilidades infinitas para ellos y sus descendientes.

Poco queda de la metrópolis importante, musa de muchas otras ciudades del mundo.

Pero ese poco, por poco que sea, basta y sobra para que esta caraqueña siga teniendo esperanza de un retorno a la belleza, al orden y al encanto sin miedo.

Ese poco basta y sobra para que esta melancólica hija suya siga enamorada de Caracas, cuna de Libertadores y de atardeceres con guacamayas, reina pepiadas y jugo de patilla recién exprimido.


martes, 11 de enero de 2011

Yoani: La ventana que da al espejo


Cada vez que leo a Yoani Sánchez me entran escalofríos. Claro que sospechábamos que Venezuela se estaba pareciendo a Cuba, pero es increíble ver, a través de sus historias y vivencias, que más que una posibilidad hace rato que es una realidad.

Historias demasiado parecidas sobre feriados religiosos que se pierden (y que, en el caso de la isla, se están recuperando); anhelos de frutas y productos anteriormente fabricados en suelo propio, y ahora casi desaparecidos debido al alto costo de su importación; gente que dedicó su vida al servicio público y ahora queda sin empleo con la excusa de un recorte, pero cuya plaza ahora llenan varios "amigos del director".

Es increíble lo valiente que es esta mujer. Teniendo tanto qué perder, decide ser fiel a sí misma y dejar de pretender que vive en un país libre donde todo es mejor que en el resto del mundo capitalista. Se enfrenta así al dolor de verse señalada por unos y excluida por otros, y eso no sería tan grave de no tratarse de antiguos amigos.

En un país marcado por la represión, es verdaderamente admirable que una mujer honesta decida llamar las cosas por su nombre, y mostrarle al mundo lo que vive siendo una caribeña atrapada en su propia tierra.

Es escalofriante leer que en este Siglo XXI, aún más cerca de lo que pensamos, hay gobiernos que intentan justificar el apoyo a la criminalización de la homosexualidad; pero es aún más increíble leer las declaraciones de la madre de un estudiante venezolano asesinado: "Esto es Venezuela. No podemos esperar justicia". O sea, sabemos que no encerrarán al que lo mató.

Mientras Yoani y muchos cubanos ven con desconfianza la preparación del régimen para la redistribución poblacional que representaría el que se legalice la libre compra-venta de viviendas, en Venezuela la expropiación es el pan nuestro de cada día. Mientras llegan de Cuba casi un centenar de ex-presos políticos (ahora asilados) a Europa, en mi país se niega el derecho al debido proceso a una jueza que sólo hizo cumplir la Constitución.

Mientras Cuba, poco a poco, comienza a albergar esperanzas de avanzar, de estrechar el hoyo en el que medio siglo de retrasos los ha sumergido, en la "cuna de Libertadores" seguimos cavando el foso.

Me pregunto cuánto tiempo nos tomará darnos cuenta de que, históricamente, se ha comprobado que el desarrollo sustentable, incluyente y socialmente más humano, no se encuentra en ninguna de las direcciones que tomamos como ejemplo. Sólo espero que, para cuando dejemos de cavar, el hoyo no sea imposible de escalar.

martes, 30 de noviembre de 2010

El disfraz informativo del chisme



Esta semana, varias "noticias" me han llevado a reflexionar sobre la responsabilidad de los medios de comunicación y la tergiversación, mal uso e indiscreción de la información.

Por supuesto, no he descubierto el agua tibia: muchos teóricos, comunicadores, periodistas y público en general ha analizado este tema desde casi todos los ángulos posibles, por lo que me es aún más incomprensible ver escándalos generados a partir de información compartida en privado y de informes ya no tan secretos que desvelan la verdadera impresión de diplomáticos norteamericanos sobre personalidades y gobiernos de otros países.

La autocensura

Todo el mundo ha dicho algo que suene "políticamente incorrecto" alguna vez.

Nadie, en serio, escapa a un chiste homófobo, sexista o racista. Y eso no significa nada.

Delante de los amigos, somos personas libres con la posibilidad de reírnos de nosotros, o de otros, sin expresar por ello una postura radical que nos haga sus enemigos. Yo, por ejemplo, me horroricé de mí misma cuando me vi en un ambiente laboral rodeada de homosexuales y fui consciente de la cantidad de veces que bromeaba con un compañero diciéndole "gay" por sentimentalista.

Estaba acostumbrada a mis amigos "las locas", entre quienes es normal oír el tan popular "sí eres marico" entre risas. Pero hay momentos, lugares y situaciones para todo.

Por supuesto, a mi jefe homosexual no le iba a resultar nada agradable que me refiriera a él o a ningún otro gay como "loca". Son situaciones diferentes, y hay que saber poner los límites.

Sin embargo, hace poco surgió un escándalo que involucraba a un tertuliano, Salvador Sostres, quien en una pausa publicitaria de un programa de radio hizo comentarios desafortunados.

Sí, son opiniones un poco rudas, pero la excusa de "sabía que estaba delante de un micrófono" para publicar sin su autorización dichas declaraciones es, sencillamente, repulsiva.

Al aire, este señor y todos los demás debemos cuidar lo que decimos, pero en un ámbito privado, sería imponer una autocensura criminal el que también debamos ser "políticamente correctos" ante todo.

Me consideraría muy desafortunada si delante de mis amigos no pudiera meterme con los enanos, los periodistas o los suramericanos de una manera relajada, a sabiendas de que, dada mi condición de las tres cosas juntas, no voy a ser juzgada por xenófoba, racista o excluyente.

Sería muy infeliz de estar en los zapatos de Sostres y no saber quién me apuñaló por la espalda, haciendo pública y demonizando una opinión personal, expresada fuera del aire y sin intenciones de ir más allá de un chiste "interno".

Wikileaks y el "pensamiento" diplomático

Si algo hemos logrado ver de los últimos documentos filtrados y publicados por la polémica web "Wikileaks", es que no nos han dicho nada nuevo.

Que Venezuela sufre una crisis en el sistema de salud pública y que la respuesta gubernamental ha sido la de desviar fondos de hospitales al paralelo sistema de "Barrio Adentro" es algo que todos sabíamos de antemano, aunque no leyéramos la prensa.

Que Zapatero es un "político cortoplacista, que antepone la obtención de votos al bien común de los españoles" es noticia de ayer.

Que a EEUU le preocupa la actitud de Corea del Norte y de Irak podía deducirlo hasta un adolescente que viera noticias de vez en cuando.

Entonces, ¿por qué el escándalo?

Resulta que estas obviedades no las dice cualquiera. Salen de las embajadas de EEUU en diversas partes del mundo, y son "cables" clasificados como "top secret".

Algunos pudieran sentirse ofendidos por lo que expresan estas comunicaciones, pero honestamente, serían algo tontos.

El trabajo de los diplomáticos es estudiar a fondo el país donde son asignados: desde la idiosincrasia de sus ciudadanos, hasta las políticas exteriores del gobierno. La misión es saber lo más posible para defender de la mejor manera los intereses de su país en el de su asignación. Ya está.

Si yo fuera embajadora de Venezuela en España, probablemente me hubiera extendido en la preocupación de los empresarios españoles por la inestabilidad política que amenaza sus inversiones en el país. También hubiera tenido que hablar largo y tendido sobre las posibles conexiones del gobierno venezolano con las Farc y Eta, y el impacto que la posibilidad de ellas ha tenido en la imagen de Venezuela aquí.

¿Eso me hiciera mala persona? No. Mi trabajo aquí sería que el gobierno venezolano supiera hasta el último detalle de lo que se dice entre los españoles sobre mi país, y ya sería cuestión de la estrategia gubernamental el considerar estos temores a la hora de sentarse a negociar.

En este sentido, una comunicación mía (como hipotética embajadora venezolana) a Miraflores sería casi lo mismo que una conversación íntima con un amigo cualquiera, y es por eso que los "cables" revelados por Wikileaks no tienen nada de deslumbrante.

Su única función es amedrentar al gobierno estadounidense para que sepa que sus conversaciones han sido grabadas y pueden ser difundidas, aunque no tengan importancia alguna.

Dicho todo esto, me parece que es hora de establecer responsabilidades en los medios de comunicación que difundan estos chismes disfrazados de información sin corroborar la legalidad de la obtención de los datos.

No sólo me parece poco ético como comunicadora, sino que como persona me parece un atropello a mi derecho de opinar lo que quiera sobre lo que sea. Y la libertad de opinión es uno de los Derechos Humanos fundamentales. ¿Alguien está rindiendo cuentas por violarlo?

lunes, 22 de noviembre de 2010

Reflexiones de una emigrada caraqueña





Tengo 28 años y he vivido una protesta general con saqueos e incendios incluidos (Caracazo, 27/02/1989), tres intentonas de golpe de Estado (4/02 y 27/11/1992 y 11/04/2002), un paro nacional (12/2002), un terremoto (12/09/2009), guarimbas, ataques a marchas pacíficas, desbordes de quebradas, tormentas tropicales y granizos... todo en Caracas -y eso que no estaba ahí para la tragedia de Vargas (15-17/12/1999).

Podrán imaginarse que debería ser normal que me sienta como un mono de circo al hablar con los panas valencianos (de España, claro), quienes ven las protestas sindicales por televisión y se maravillan al ver las réplicas a escala de las armas de guerra.

A ratos me siento bien al decirles "¿y se quejan de eso? No han visto nada..." a un grupo de casi cuarentones que terminan por excusar su falta de experiencia en eventos violentos o desastres naturales.

Luego me doy cuenta de que no es un juego.

En Venezuela, la esperanza de vida (según cifras oficiales) es de 74 años, la mortalidad en niños menores de 5 años en 2009 (según la base de datos del Banco Mundial) fue de 1,8% y hubo 10.295 asesinatos en 2004 (datos de la Organización Mundial de la Salud).

En España, la esperanza de vida es de 81 años, la mortalidad infantil en 2009 fue de 0,41% y hubo un total de 600 homicidios en 2004 (las fuentes son las mismas que arriba, respectivamente).

No es gracioso darse cuenta de que estamos acostumbrados a la violencia, y descubrir que sabes más sobre tácticas para evitar ser robado, secuestrado o disparado que sobre literatura.

No recuerdo la última vez que me sentí orgullosa de una cifra que represente a mi país ante el mundo. Tal vez fue la cantidad de venezolanos que juegan actualmente en las Grandes Ligas, aunque a pocos les importa ese deporte fuera de EUA y el Caribe. Igual lo digo para que le suba un poquito el ánimo a quien lo entienda: Félix Hernández ganó merecidamente el Cy Young.




Me gustaría poder dar una imagen diferente. Amo a mi país y me duele saber de gente talentosa que sale a buscar nuevos rumbos porque no son apreciados en él. Me duele escuchar infinitas veces el lamento: "¿Eres de Venezuela? ¡Qué lástima! Podría ser el país más rico del mundo".

Me gustaría poder plantearme el vivir allí y hacer mi vida y tener mi familia en el lugar donde crecí: al lado del Ávila, comiendo hallacas en diciembre y oyendo a Simón Díaz mientras desayuno arepitas con mantequilla y queso rayado por la mañana.

Pero honestamente, me agrada más poder caminar sola por las calles sin el nerviosismo de la hora que es o del peligro que corro. Me gusta tener miles de posibilidades a la hora de elegir el café donde me quiero sentar para relajarme un rato mientras leo el periódico en plena calle.

Me gusta ver los perros que llevan al sitio donde sus dueños se toman una cerveza y conocen a otros dueños de perros que también se trajeron a sus mascotas. También me gusta poder usar mi bicicleta (o alquilar cuantas quiera al año por una cuota fija) como medio de transporte, y que la política sea uno más de los miles de temas disponibles para conversar con amigos y conocidos.

Por ahora, tendré que conformarme con comer arepas con mantequilla y pechuga de pavo, incursionar en el enigmático arte de hacer hallacas y suspirar viendo fotos del Ávila desde la distancia.

Tengo 28 años, y ya era hora de saber lo que es vivir realmente en paz.

Zhandra Zuleta.-

lunes, 25 de octubre de 2010

El primer paso hacia el proceso inverso en el que el venezolano paranóico vuelve a ser bonchón

El 26 S Venezuela dio una demostración de civismo y de democracia, de ganas de avanzar en paz y con la única arma que representa el dedo morado.

Fue una partida amañada, y sin embargo, los resultados hablan por sí solos e intentan dar una lección al Presidente y a su gobierno, aunque algunos se empeñen en vendarse los ojos y proclamarse victoriosos a pesar de la derrota.

Debo aclarar que no me parece que haya ganado la Oposición. Me parece que perdió el Oficialismo, y no aceptarlo es peligroso porque no sólo se da la espalda a la voluntad del pueblo, sino que se aumenta la distancia entre el Chavismo y el ciudadano de a pie.

Esta distancia viene in crecendo desde hace tiempo, desde que los "creyentes" de Chávez van encontrando menos excusas para justificarlo. Llega un punto en el que decir "es que lo tienen engañado" pasa a ser un "la única manera de que no se dé cuenta es que sea estúpido", o peor aún: "si no sabe cómo estamos es porque no padece lo mismo que yo y no anda por mis calles, ni compra en mis supermercados, y por lo tanto, ya no es como yo".


La ecuación "Chávez=Pueblo -> Pueblo=Yo" se va desmoronando, y el "muchacho que habla como yo" ya no es tan simpático cuando comienza a insultar a la gente en cadena nacional, o cuando gasta más plata en armamento pudiendo invertirlo en mejorar el día a día de todos asegurándose de que los servicios públicos funcionen, o luchando contra la inseguridad.

La intencionalmente marcada línea divisoria entre el bien y el mal, el socialismo y el capitalismo, el patriotismo y el pitiyanquismo, comienza a tener grises cuando tengo que escuchar todos los días de mi vida una cadena, mientras cada vez tengo más miedo de salir a la calle o consigo menos productos en las estanterías (más aún cuando descubro luego que un montón de comida se pudrió y a nadie le importó, porque estaban demasiado ocupados echándole la culpa a la Polar de un supuesto acaparamiento).


La gente está cansada de tanta politiquería, y en realidad, lo que todos quisiéramos es que las empresas que se han ido por la inseguridad jurídica que representa un gobierno tan antojoso, volvieran con sus puestos de trabajo y sus beneficios colectivos.


Lo que todos quisiéramos es que los "Halls", los "Pantene" y hasta la harina "Pan" volvieran a decir "Hecho en Venezuela", no sólo por el orgullo de hacerlos en casa, sino por el bajón en el costo final que representa el no tener que importarlo.


Todos quisiéramos salir, y que al decir que somos de Venezuela digan "¡Ah! Miss Universo" o "¡Sí, Béisbol!", en lugar de "Oh, Chávez" o, aún peor, "¿No es de ahí que son las Farc?".


Todos quisiéramos poder disfrutar de nuestras ciudades, pudiendo salir a caminar, ir a rumbear, respirar aire fresco en los parques o invitar a amigos de afuera para mostrarles lo bien que vivimos; y por el contrario nos vemos forzados a encerrarnos en casa, a andar con paranoia por la inseguridad, a avergonzarnos de la basura que inunda nuestras calles y de los huecos que dejan en evidencia lo irónica de nuestra situación: Un país petrolero asfaltando calles de otros mientras las suyas se deshacen.


Vivimos con miedo, aunque no nos enteremos, y eso se traduce en que el venezolano bonchón, siempre sonriente y animado, pasa ahora a tratar a todos con desconfianza, y si un extraño se acerca a preguntar la hora o a pedir ayuda para una dirección, lejos de ayudarlo, nos asustamos. Por eso ya no nos ven como gente amable, sino antipática.


Y pregunto yo, con el corazón en la mano: ¿Es que alguien se imaginó que en una reunión familiar venezolana, fuera inevitable tocar el tema político? ¿Alguien, hace 12 años, hubiera apostado porque parejas, familiares, amigos de toda la vida, dejarían de juntarse o de hablarse o de tolerarse por el tema político? ¿Es realmente eso lo que se quería desde el principio?

Debo confesar que nunca entendí bien lo que era el "Socialismo del S. XXI", pero si es esto, puedo resumirlo en: división, inseguridad, desabastecimiento, inestabilidad jurídica, desempleo, odio, violencia, miedo, miedo, miedo. Rechazo e irrespeto del otro y condena visceral a la diversidad.

Sólo espero que exista un proceso inverso que nos devuelva la sonrisa eterna y las comidas en familia sin divisiones más allá de las del béisbol. ¿Que la cuarta no era perfecta? No. Para muestra, un botón: después de años de corrupción, sectarismo y violencia, no gana la Oposición. Sin embargo, no recuerdo persecusiones judiciales contra periodistas que decían al aire: "Hoy tembló". Tampoco recuerdo que fuésemos el hazmerreír del mundo (aunque un chavista, claro está, atribuiría eso a los medios diabólicos que no hacen más que atentar contra la dignidad del pueblo, como si esperar 8 meses por una cita para el pasaporte fuera respetar mucho al soberano, o hacer realidad un montón de cambios en la Constitución A PESAR de la decisión de la mayoría fuera dignificar a los venezolanos).

Sólo espero que, poco a poco, comience a superarse este trance y deje de perder el Gobierno para empezar a ganar una mejor Oposición.

Y ojo, rojitos: Yo que ustedes comenzaría a cuestionar la gestión por dentro, porque "el pueblo" les está mandando un mensaje cada vez más claro. Si de verdad son de izquierdas, si de verdad se consideran marxistas, comiencen a aplicar los principios de Marx y no vean los cambios como una amenaza, sino como una oportunidad para mejorar. La cosa no tiene por qué ser como está y ya "porque antes era mala". El chance de crecer, de aprender y corregir, siempre está ahí.

Yo cambio mi fusil por una edición del Festival Internacional de Teatro; mis barcos de guerra por la harina Pan hecha en casa; mis consejos comunales por empleos en la Procter & Gamble, en la Polar y en RCTV; mi servicio en milicia obligatorio por un presupuesto justo para la UCV; mis leyes habilitantes por el Ateneo de Caracas y mi quinta república por una sexta incluyente y legítimamente democrática.

¿Y tú?

lunes, 13 de septiembre de 2010

Este 26 de septiembre...

Me gustaría votar por una Asamblea plural, capaz de responder a la inseguridad con algo más que la Ley de Videojuegos y Juguetes Bélicos (la cual me parece más una burla que una solución).

Me gustaría votar por una Asamblea que garantice la independencia de poderes, para así no ver cómo procesan en un día a los "condenados" en cadena nacional por el Presidente (que ahora es sinónimo de "Comandante"), mientras los mercados están vacíos, la gente pierde la vida en las calles y los que se preparan para sacar el país adelante son considerados "elitistas".

Me gustaría votar por una Asamblea autónoma, que sea capaz de impedir el cierre de medios y las amenazas a la Libertad de expresión, y por ende, a la Democracia.

Me gustaría votar por una Asamblea que exija cuentas a los gobernantes, para así saber dónde está todo el dinero que ha entrado a mi país, y así poner freno a los regalos injustificados que benefician a otros mientras los nuestros se quedan sin tierras, sin trabajo y sin comida.

Me gustaría votar por una Asamblea abierta, que escuche TODAS las voces y vele por TODOS. Que elija un Tribunal Supremo imparcial, que garantice la JUSTICIA y la ABOLICIÓN DE LA IMPUNIDAD.

En fin, me gustaría votar por una Asamblea QUE HAGA SU TRABAJO.

jueves, 29 de julio de 2010

¡Visca España! ¡Viva Venezuela!


Hace unos meses mi padre insistía en que viera la película Invictus. Honestamente, no tenía ni idea de por qué, hasta que vi su argumento.

Resulta que mi padre es de los que cree que el fútbol tiene el poder de unir a la gente. Hace ya algunos años que planteaba la posibilidad de que la Vinotinto fungiera de goma de pegar entre los venezolanos oficialistas y los de oposición. Un día escuché un argumento decepcionante: "¡Qué va! ¡Si ellos -los "escuálidos"- apuestan a que pierda la selección!"

Ese argumento me molestó mucho por dos razones: porque soy de las que más apoya a la Vinotinto y porque soy una venezolana de oposición; pero hubo aún otra razón: porque he ido al estadio, he estado rodeada de "escuálidos", he gritado consignas contra el gobierno junto con ellos y luego todos, con nuestras banderas/camisas/gorras en alto, hemos apoyado a la selección.

Más peligrosa que la confrontación me parece la divulgación de argumentos falsos que, lejos de ayudar a la unión, contribuyan a echar más leña al fuego.

Desde este lado del charco tuve la oportunidad de vivir lo que el fútbol puede lograr en un pueblo. Durante años he escuchado cómo los separatistas vascos y, en menor medida, los catalanes, reniegan de su nacionalidad y exigen obtener la suya propia. Francamente, nunca lo he entendido.

Desde una perspectiva lejana, es un "conflicto" que no entiendo. Es como decir "Yo soy humana, no persona", o algo así. "Soy catalán, no español" me resulta una contradicción, pero bueno...

Lo cierto es que España ganó el mundial, y aquí todo fue fiesta. Ya desde antes se exhibían las banderas ibéricas en los balcones de tuttiri mundachi, y debo decir que no pude evitar emocionarme al oír a un radioescucha catalán Y español decir en la radio: "Es la primera vez en años que podemos ondear la bandera española sin tener que dar explicaciones".

Un sentimiento de unión, de alegría que supera distancias, de hermandad, se apoderó de toda España, aunque no de todos los... "no españoles".

Aún con esta hazaña, aún con la plaza España de Barcelona repleta de gente con la cara pintada de rojo y amarillo, aún con este fervor evidente, hubo voces que se alzaron en favor de Holanda.

Aún con la emoción viva en el ambiente, hubo gente que prefirió ignorar la disputa, o decir que si ganaba España no era más que por los jugadores del Barca, y que el problema es que no son libres para tener su propia selección (la cual, por supuesto, habría ganado la copa, pasando por encima del once español).

Horas antes del partido final, miles (algunos dicen que llegan al millar) de catalanes habían estado en ese mismo sitio, protestando la decisión de la Sala Constitucional de Madrid, la cual denegaba la aplicación del Estatut propuesto por los catalanes, en el cual, prácticamente, se declaraban independientes de España. Entre otras, sus demostraciones incluyeron quemar banderas españolas. A mí me parece muy lógico que, siendo su petición una anticonstitucional, la Sala Constitucional lo rechace, pero yo qué sé... sólo soy una sudaca en tierra ancestral.

Lo que sí sé es lo que viví, y las imágenes de los miles (no sé si millones también) de catalanes gritando "Yo soy español, español, español", "Una nación, una selección", "No nos engañan, Cataluña es España" o "España es una, no cincuenta y una", además del tradicional "¡Viva España!" o su adaptación "¡Visca España!", pusieron la piel de gallina a más de uno.

A pesar de los independentistas que prefirieron ir a Holanda o simplemente perderse de esta emoción, lo vivido aquí es una algarabía que me hizo desear que algún día, en mi país, podamos vestirnos todos de Vinotinto y saber que esa felicidad conjunta está por encima de cualquier división.

Por eso, aunque sea algo tarde, invito a los venezolanos que no la hayan visto ya a que vean Invictus, y a que la esperanza de unión que ha albergado mi padre los inunde, además con la convicción de que llegar a ella ES POSIBLE.