domingo, 28 de agosto de 2016
El andén 9¾ caraqueño
martes, 8 de diciembre de 2015
¡La nueva Venezuela es vinotinto!
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lunes, 9 de noviembre de 2015
Una realidad normal, o buena suerte a la señora del '63
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domingo, 1 de febrero de 2015
No solo los alimentos y las medicinas escasean en Venezuela
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miércoles, 18 de junio de 2014
El peligro de los nuevos liderazgos
martes, 15 de abril de 2014
Por qué el escepticismo hacia el diálogo en Venezuela
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jueves, 14 de abril de 2011
Caracas, la bella

Sí, lo afirmo con convicción, aunque mi maltratada ciudad esté llena de basura, de peligros y de innumerables sitios a los que no he ido nunca ya sea por peligrosos o porque no he tenido nada qué hacer ahí.
Caracas tiene el encanto de un valle hermoso, con una indescriptible variedad de verdes que cuesta mucho dejar de extrañar. Es una ciudad madrugadora, que se esfuerza día a día para hacer que sus hijos obvien las precariedades de la vida cotidiana para empezar una jornada con aroma de árboles frescos, de cafecito recién colado y de empanadas de queso.
Si me preguntan lo que más extraño, además de mi familia y de mis amigos, claro, no dudaré ni un segundo en contestar que a El Ávila.
Ya sé que puede parecer un cliché, pero es que el resto del mundo (e incluso nosotros mismos) no tiene idea de lo que ese cerro significa para nosotros.
Justo cuando estás embotado, cansado de la cola de 3 horas para llegar a casa o de la basura de las calles, levantas la cabeza y ahí está: sereno, majestuoso, siempre sonriente.
Desde cualquier punto de la ciudad puede verse y olerse. Desde cualquier rincón nos señala el Norte y nos ubica entre tanto caos.
Caracas tiene el encanto de la ciudad que alguna vez fue una metrópolis de las más importantes, y ahora, después de tantos golpes y magulladuras, se ha vuelto una urbe más realista, madura y enigmática.
Para disfrutar de Caracas hay que conocerse primero a uno mismo: Los lugares para amantes del orden y la belleza impoluta son escasos, pero existentes. En cambio, quienes aprecian el eclecticismo, la fascinación de lo arriesgado junto a lo bizarro pero a la vez armonioso, tienen sitios de sitios para escoger.
La cosa con mi Caracas es que hay que ir con cuidado. Tantos años de indiferencia han hecho mucho daño, y a pesar de que un criollo sabe perfectamente por dónde ir y por dónde no, en los últimos años ha sido imposible evitar que el miedo penetre en nuestros huesos.
Poco queda de la ciudad que trajo a mi abuelo desde Bolivia para brindar mejores oportunidades a su familia.
Poco queda del país de gente amable que recibe con los brazos abiertos a los miles de inmigrantes que veían en él un sitio con posibilidades infinitas para ellos y sus descendientes.
Poco queda de la metrópolis importante, musa de muchas otras ciudades del mundo.
Pero ese poco, por poco que sea, basta y sobra para que esta caraqueña siga teniendo esperanza de un retorno a la belleza, al orden y al encanto sin miedo.
Ese poco basta y sobra para que esta melancólica hija suya siga enamorada de Caracas, cuna de Libertadores y de atardeceres con guacamayas, reina pepiadas y jugo de patilla recién exprimido.
martes, 11 de enero de 2011
Yoani: La ventana que da al espejo

martes, 30 de noviembre de 2010
El disfraz informativo del chisme

lunes, 22 de noviembre de 2010
Reflexiones de una emigrada caraqueña
lunes, 25 de octubre de 2010
El primer paso hacia el proceso inverso en el que el venezolano paranóico vuelve a ser bonchón
Debo aclarar que no me parece que haya ganado la Oposición. Me parece que perdió el Oficialismo, y no aceptarlo es peligroso porque no sólo se da la espalda a la voluntad del pueblo, sino que se aumenta la distancia entre el Chavismo y el ciudadano de a pie.
Esta distancia viene in crecendo desde hace tiempo, desde que los "creyentes" de Chávez van encontrando menos excusas para justificarlo. Llega un punto en el que decir "es que lo tienen engañado" pasa a ser un "la única manera de que no se dé cuenta es que sea estúpido", o peor aún: "si no sabe cómo estamos es porque no padece lo mismo que yo y no anda por mis calles, ni compra en mis supermercados, y por lo tanto, ya no es como yo".
La ecuación "Chávez=Pueblo -> Pueblo=Yo" se va desmoronando, y el "muchacho que habla como yo" ya no es tan simpático cuando comienza a insultar a la gente en cadena nacional, o cuando gasta más plata en armamento pudiendo invertirlo en mejorar el día a día de todos asegurándose de que los servicios públicos funcionen, o luchando contra la inseguridad.
La intencionalmente marcada línea divisoria entre el bien y el mal, el socialismo y el capitalismo, el patriotismo y el pitiyanquismo, comienza a tener grises cuando tengo que escuchar todos los días de mi vida una cadena, mientras cada vez tengo más miedo de salir a la calle o consigo menos productos en las estanterías (más aún cuando descubro luego que un montón de comida se pudrió y a nadie le importó, porque estaban demasiado ocupados echándole la culpa a la Polar de un supuesto acaparamiento).
La gente está cansada de tanta politiquería, y en realidad, lo que todos quisiéramos es que las empresas que se han ido por la inseguridad jurídica que representa un gobierno tan antojoso, volvieran con sus puestos de trabajo y sus beneficios colectivos.
Lo que todos quisiéramos es que los "Halls", los "Pantene" y hasta la harina "Pan" volvieran a decir "Hecho en Venezuela", no sólo por el orgullo de hacerlos en casa, sino por el bajón en el costo final que representa el no tener que importarlo.
Todos quisiéramos salir, y que al decir que somos de Venezuela digan "¡Ah! Miss Universo" o "¡Sí, Béisbol!", en lugar de "Oh, Chávez" o, aún peor, "¿No es de ahí que son las Farc?".
Todos quisiéramos poder disfrutar de nuestras ciudades, pudiendo salir a caminar, ir a rumbear, respirar aire fresco en los parques o invitar a amigos de afuera para mostrarles lo bien que vivimos; y por el contrario nos vemos forzados a encerrarnos en casa, a andar con paranoia por la inseguridad, a avergonzarnos de la basura que inunda nuestras calles y de los huecos que dejan en evidencia lo irónica de nuestra situación: Un país petrolero asfaltando calles de otros mientras las suyas se deshacen.
Vivimos con miedo, aunque no nos enteremos, y eso se traduce en que el venezolano bonchón, siempre sonriente y animado, pasa ahora a tratar a todos con desconfianza, y si un extraño se acerca a preguntar la hora o a pedir ayuda para una dirección, lejos de ayudarlo, nos asustamos. Por eso ya no nos ven como gente amable, sino antipática.
Y pregunto yo, con el corazón en la mano: ¿Es que alguien se imaginó que en una reunión familiar venezolana, fuera inevitable tocar el tema político? ¿Alguien, hace 12 años, hubiera apostado porque parejas, familiares, amigos de toda la vida, dejarían de juntarse o de hablarse o de tolerarse por el tema político? ¿Es realmente eso lo que se quería desde el principio?
Debo confesar que nunca entendí bien lo que era el "Socialismo del S. XXI", pero si es esto, puedo resumirlo en: división, inseguridad, desabastecimiento, inestabilidad jurídica, desempleo, odio, violencia, miedo, miedo, miedo. Rechazo e irrespeto del otro y condena visceral a la diversidad.
Sólo espero que exista un proceso inverso que nos devuelva la sonrisa eterna y las comidas en familia sin divisiones más allá de las del béisbol. ¿Que la cuarta no era perfecta? No. Para muestra, un botón: después de años de corrupción, sectarismo y violencia, no gana la Oposición. Sin embargo, no recuerdo persecusiones judiciales contra periodistas que decían al aire: "Hoy tembló". Tampoco recuerdo que fuésemos el hazmerreír del mundo (aunque un chavista, claro está, atribuiría eso a los medios diabólicos que no hacen más que atentar contra la dignidad del pueblo, como si esperar 8 meses por una cita para el pasaporte fuera respetar mucho al soberano, o hacer realidad un montón de cambios en la Constitución A PESAR de la decisión de la mayoría fuera dignificar a los venezolanos).
Sólo espero que, poco a poco, comience a superarse este trance y deje de perder el Gobierno para empezar a ganar una mejor Oposición.
Y ojo, rojitos: Yo que ustedes comenzaría a cuestionar la gestión por dentro, porque "el pueblo" les está mandando un mensaje cada vez más claro. Si de verdad son de izquierdas, si de verdad se consideran marxistas, comiencen a aplicar los principios de Marx y no vean los cambios como una amenaza, sino como una oportunidad para mejorar. La cosa no tiene por qué ser como está y ya "porque antes era mala". El chance de crecer, de aprender y corregir, siempre está ahí.
Yo cambio mi fusil por una edición del Festival Internacional de Teatro; mis barcos de guerra por la harina Pan hecha en casa; mis consejos comunales por empleos en la Procter & Gamble, en la Polar y en RCTV; mi servicio en milicia obligatorio por un presupuesto justo para la UCV; mis leyes habilitantes por el Ateneo de Caracas y mi quinta república por una sexta incluyente y legítimamente democrática.
¿Y tú?





