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domingo, 1 de febrero de 2015

No solo los alimentos y las medicinas escasean en Venezuela


Febrero, 1989: Caracazo
La última vez que los militares intervinieron en una manifestación civil en Venezuela
Fotos: noticias24.com, taringa.net, runrun.es y talcualdigital.com


La autorización de armas mortales para la represión de las manifestaciones en Venezuela, emitida oficialmente por el Ministerio de la Defensa del país caribeño a través de la resolución 008610, se suma a la lista de imposiciones anticonstitucionales que criminalizan la disidencia y coartan los derechos fundamentales más básicos: la libertad de expresión, el derecho a manifestación y la prohibición del uso del ejército en el control de manifestaciones civiles.

Esta última medida fue ordenada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos tras el fatídico episodio del Caracazo, ocurrido entre el 27 de febrero y el 8 de marzo de 1989, cuyo sangriento resultado fue ampliamente repudiado por gran parte de la población, incluidos los hoy maduristas.

Es importante resaltar que la resolución 008610 aparece a pesar de ser contraria al artículo 68 de la Constitución venezolana, la cual prohíbe “el uso de armas y sustancias tóxicas en el control de manifestaciones pacíficas”, y deja a discreción de los efectivos militares apelar a la “fuerza potencialmente mortal” en caso de la creación de una “situación de riesgo mortal” no expresamente definida; todo ello en medio de la peor crisis económica y social que han atravesado los venezolanos en su historia democrática.

Resulta también sospechosa la cercanía con el aniversario de las protestas más brutalmente reprimidas, encabezadas por los movimientos estudiantiles el 12 de febrero de 2014. Como consecuencia de ellas, unas 40 personas fueron asesinadas y hubo más de 1.600 detenciones arbitrarias (51 de ellas aún siguen detenidas).

La sensación que queda, al final, es que no solo los alimentos y las medicinas escasean en Venezuela. Parece que los derechos fundamentales, desde hace algún tiempo, también.



martes, 15 de abril de 2014

Por qué el escepticismo hacia el diálogo en Venezuela

Históricamente, los estudiantes han representado un liderazgo nato en Venezuela. Su contagioso vigor, su convicción a toda prueba, sus justas exigencias y la inexistencia de "intereses velados", hacen de este movimiento un verdadero huracán. Cualquier gobierno sensato los tomaría en cuenta. Pero de vez en cuando se da el caso de que, gracias a triquiñuelas disfrazadas de sistema democrático, llega al poder un gobierno poco sensato... y se cierra la partida. 

Por un lado está el gobierno, con amplia y poco legítima ventaja en todos los poderes, con armas, medios de comunicación, una fuente constante de dinero y muchas ganas de seguir disfrutando de las mieles de su posición. Por el otro, los estudiantes, armados solo con ideales, ganas de salir adelante y conciencia de que un futuro digno es imposible bajo estas directrices. No es de extrañar que la mayoría de los venezolanos les tenga simpatía.

Pero las armas de los universitarios no se quedan allí. Una, muy importante, fue obviada por un gobierno que los subestimó: su poder de convocatoria.

No solo están de acuerdo, también están comunicados. Están por todo el país, saben organizarse y se valen de las redes sociales para publicar sus denuncias al mundo. Resultado: Lo que el gobierno creyó ser una pataleta de niños malcriados, terminó siendo una revuelta de dos meses y contando. 

Maduro falló al calcular la dimensión de las protestas, no solo en cuanto a su extensión territorial, sino en la profundidad del descontento. La violencia ejercida por grupos civiles armados por el gobierno, la persecución ilegal de disidentes, el cerco a los medios de comunicación y periodistas, la escasez producto del descalabro económico y el descuido de los intereses y  necesidades de los venezolanos, son reclamos que hace la sociedad entera. 

Así llegamos aquí: al momento en el que el gobierno entiende que, para mantener su imagen en el exterior, debe sentarse en un "diálogo". Pero, cuando amplios sectores de la sociedad están involucrados en las protestas, ¿a quién eliges como interlocutor? 

La coalición de partidos políticos adversos al gobierno, MUD (Mesa de la Unidad Democrática), ha hecho una gran labor por salvaguardar los pocos resquicios democráticos que aún quedan en el país, pero, como bien dijeron en el primer debate con el equipo oficialista, no representan a los estudiantes.

La MUD no convocó la protesta, no siempre la apoyó y no tiene poder para cesarla. Si el gobierno quiere restablecer la normalidad en el país, lo sensato sería que involucrara a los estudiantes en la mesa de diálogo. Pero ya hemos dicho que, de vez en cuando, los gobiernos no son sensatos.

El panorama es muy complejo y hay que sumarle a los radicales de ambos bandos que, por un lado, pretenden colapsar al país para forzar un paro nacional, y por el otro, amedrentan a los manifestantes y a sus familias disparando a diestra y siniestra en las zonas residenciales de clase media. Ninguno tiene el apoyo de la mayoría de la sociedad civil, pero juegan un papel importante en el desarrollo de los acontecimientos.

En conclusión, decir que hay "diálogo" en Venezuela es pecar de inocencia. Habla un gobierno desde su palacio con un grupo de personas que traen denuncias, a quienes se les responde con desdén la misma cantaleta de siempre: quieren derrocarnos porque son fascistas y apátridas. Mientras tanto, en las calles, los estudiantes siguen con su lucha, ajenos a la farándula gubernamental y a los veedores internacionales, cuya labor deja mucho que desear si no son capaces de preguntar por qué los protagonistas de esta historia no han sido invitados al debate.



jueves, 14 de abril de 2011

Caracas, la bella


Soy una caraqueña enamorada de Caracas.

Sí, lo afirmo con convicción, aunque mi maltratada ciudad esté llena de basura, de peligros y de innumerables sitios a los que no he ido nunca ya sea por peligrosos o porque no he tenido nada qué hacer ahí.

Caracas tiene el encanto de un valle hermoso, con una indescriptible variedad de verdes que cuesta mucho dejar de extrañar. Es una ciudad madrugadora, que se esfuerza día a día para hacer que sus hijos obvien las precariedades de la vida cotidiana para empezar una jornada con aroma de árboles frescos, de cafecito recién colado y de empanadas de queso.

Si me preguntan lo que más extraño, además de mi familia y de mis amigos, claro, no dudaré ni un segundo en contestar que a El Ávila.

Ya sé que puede parecer un cliché, pero es que el resto del mundo (e incluso nosotros mismos) no tiene idea de lo que ese cerro significa para nosotros.

Justo cuando estás embotado, cansado de la cola de 3 horas para llegar a casa o de la basura de las calles, levantas la cabeza y ahí está: sereno, majestuoso, siempre sonriente.

Desde cualquier punto de la ciudad puede verse y olerse. Desde cualquier rincón nos señala el Norte y nos ubica entre tanto caos.

Caracas tiene el encanto de la ciudad que alguna vez fue una metrópolis de las más importantes, y ahora, después de tantos golpes y magulladuras, se ha vuelto una urbe más realista, madura y enigmática.

Para disfrutar de Caracas hay que conocerse primero a uno mismo: Los lugares para amantes del orden y la belleza impoluta son escasos, pero existentes. En cambio, quienes aprecian el eclecticismo, la fascinación de lo arriesgado junto a lo bizarro pero a la vez armonioso, tienen sitios de sitios para escoger.

La cosa con mi Caracas es que hay que ir con cuidado. Tantos años de indiferencia han hecho mucho daño, y a pesar de que un criollo sabe perfectamente por dónde ir y por dónde no, en los últimos años ha sido imposible evitar que el miedo penetre en nuestros huesos.

Poco queda de la ciudad que trajo a mi abuelo desde Bolivia para brindar mejores oportunidades a su familia.

Poco queda del país de gente amable que recibe con los brazos abiertos a los miles de inmigrantes que veían en él un sitio con posibilidades infinitas para ellos y sus descendientes.

Poco queda de la metrópolis importante, musa de muchas otras ciudades del mundo.

Pero ese poco, por poco que sea, basta y sobra para que esta caraqueña siga teniendo esperanza de un retorno a la belleza, al orden y al encanto sin miedo.

Ese poco basta y sobra para que esta melancólica hija suya siga enamorada de Caracas, cuna de Libertadores y de atardeceres con guacamayas, reina pepiadas y jugo de patilla recién exprimido.