viernes, 13 de enero de 2012

Me harté de los cuentos del presidente y decidí ponerle corazón a Venezuela

Dado que el presidente va ya para 6 (se lee seis) horas consecutivas hablando en lo que debería ser su rendición anual de cuentas en la Asamblea Nacional, y puesto que ya he revisado la vida del mundo entero y más en el Facebook, el Twitter, Youtube y pare usted de contar, he decidido que seguiré con mi vida y publicaré aquí la primera campaña optimista que me ha gustado para estimular la participación de jóvenes en las elecciones de este año.

A todos los que se hayan calado los cuentos de chaquetas prestadas, hijas cuartobates, choferes jubilados, viviendas por construir , celulares vergatarios y todo lo demás que "adorna" de dos horas en dos horas anuncios tipo "cerraremos el Consulado de Venezuela en Miami", mi sentido pésame...



martes, 3 de enero de 2012

¡Feliz 2012!

Foto: José Manuel Quintana


Cuando Sara se despertó aquel 31 de diciembre, podía casi oler el éxito que le rodeaba. Estaba totalmente convencida de que sería el fin de año más perfecto de la historia: ya tenía listo el menú y todos los ingredientes en la nevera, se había asesorado muy bien para poner la mesa más elegante y acogedora del mundo, había preparado unos regalitos especiales para sus 7 invitados.

Por primera vez en la vida, Sara había logrado convocar a tanta gente a la vez y no sólo no estaba estresada, sino que no podía esperar a que todos vieran lo mucho que se había esforzado.

Salió de la cama, se duchó cantando "Hoy me he levantado dando un salto mortal... porque hoy, algo me dice, que VOY A PASÁRMELO BIEN" (de Hombres G), se puso su ropa cómoda de casa, desayunó  y comenzó a arreglarlo todo. Eran las 10:30 am cuando puso manos a la obra.

Poco a poco todo fue tomando forma: La mesa estaba preciosa, las luces del árbol titilaban acompasadas, cada regalito estaba sobre el plato de cada invitado... "Las 12:00", pensó. "Es hora de sacar el pato de la nevera y especiarlo".

Cuando terminó de almorzar (o comer, según se entienda), recibió el mensaje de texto que todo anfitrión novato teme: "Sari, Ricardo no se siente bien y no sabemos si se recuperará para la cena. Yo te aviso cualquier cosa".

Sara respiró profundo, intentó calmarse y no darle muchas vueltas. "Yo te aviso cualquier cosa"... ¿Por qué no le dicen que no van y ya está? ¿Y por qué esperan hasta las 3:00 pm para avisarle? Ahora la mesa se descuadrará, la comida sobrará y las parejas que no se llevan tan bien tendrán que hablar durante la cena. ¡Sabía que debía invitar a Nora y Alberto en lugar de estos dos!

Pero, determinada como estaba a pasar una velada perfecta, Sara meneó la cabeza, retiró dos platos y sus correspondientes cubiertos y vasos de la mesa, intentó que quedara igual de elegante y acogedora(aunque ya no sería tan elegante), y fue directa a la cocina donde comenzó a cortar las naranjas que irían con el pato en el horno. Eran las 3:30 pm cuando sintió el ardor del cuchillo clavado en su dedo índice izquierdo y, acto seguido, comenzaron a teñirse de carmesí las naranjas.

"%#$&%$/%&/$%#&/%/&(%$$", pensó, mientras corría al baño para alcanzar el botiquín que evitaría que el desastre colorado siguiera esparciéndose por la casa. Se puso alcohol, una curita (o tirita) y comenzó a limpiar las gotas que delataban su travesía de la cocina al baño.

El día se empeñaba en no ir como debía, pero eso no detendría a esta anfitriona. Se concentró en la ensalada, y estaba a punto de terminarla cuando recibió otro mensaje de texto. Sara vio el celular con la desconfianza de quien espera malas noticias, y con la convicción de que ellas no arruinarán su ánimo. "Sarita, lo siento mucho amiga, pero no podremos ir. Espero que te vaya genial y que el 2012 sea maravilloso. Un besito". No, no eran Paloma y Ricardo sino Jesús y Amelia.

Eran las 7:00 pm cuando Sara volvió a tener conciencia de sí. Estaba poniendo los entremeses sobre la mesa, que ahora parecía enorme y por lo tanto ya no había nada de acogedora en ella. Faltaban 2 horas para que los 3 invitados que quedaban aparecieran, y aún faltaba mucho por hacer.

Una vez comprobado que el postre estaba bien cuajado en la nevera, que las uvas estuvieran peladas y colocadas en envases individuales de 12 unidades, que el puré de castañas estaba en su punto y que el champán estuviera en la parte más fría de la nevera, Sara pensó que era hora de comenzar a arreglarse. Eran las 8:00.

Estaba a punto de aplicarse el brillo labial (lo último que se pone una mujer cuando se arregla), cuando sonó el timbre. La pareja que seguía en pie era aburridamente puntual, y Andrés, el novio de Sara, no aparecería en un rato. Sara obvió la incomodidad de atender a los invitados ella sola (los había conocido a través de Paloma y Ricardo, y ahora que ellos no venían se daba cuenta de que no tenía nada en común con ellos) y puso la mejor de las sonrisas cuando abrió la puerta.

Cuando, finalmente, apareció Andrés, ya Carla y Guillermo habían tomado un par de cervezas de aperitivo, se habían comido casi la mitad de los entremeses y miraban con ansia la ensalada. Eran las 10:30 pm cuando Sara miró con horror a un Andrés sudado, con la ropa sucia y las manos negras. "Disculpa, Sara... se me pinchó el caucho viniendo para acá". Sara respiró profundo, de nuevo, e intentó guiarlo hasta el baño evitando que tocara cualquier cosa en la casa.

11:00 pm. Andrés está limpio (o al menos las manos), los invitados están en la mesa y ya es hora de comenzar a cenar. Lamentablemente, el optimismo de Sara se vio totalmente aplastado por la súbita aparición de la curita en la ensalada de Carla. Sara está totalmente avergonzada al verse el dedo cortado y recordar que no tiene la curita desde que "perdió la razón", pero espera compensarlo con su pato al horno. Es la primera vez que cocina y... "¡El pato!". Sara corrió a la cocina como si de esos instantes dependiera que el pato se hiciera o no, y en el proceso se enganchó al mantel, llevándose toda la mesa con ella y salpicando a los invitados con vino, ensalada y restos de entremeses.

Cuando sonó la última campanada, hacía rato que todos se habían devorado las uvas. Aunque Sara quería meterse en una cueva y no salir nunca más de ella, el grupo decidió que no recibirían el año con mala cara, que para eso habían evitado cenar con sus familias. Convencieron a Sara de salir, así de mamarrachos como iban, a cenar al primer McDonald´s 24 horas que encontraran en el camino. Se llevaron la champaña y bebieron, rieron y escucharon música desde el carro como cuatro adolescentes. Nunca habían piropeado tanto a Sara como esa noche en la calle (era la única que no tenía ensalada encima y se había arreglado bastante bien).

Para cuando todo terminó, Sara había tenido un fin de año genial. Las historias que compartieron con Carla y Guillermo esa noche los unieron muchísimo y todos coincidieron, años después, en que de no ser por la curita, el pato crudo y la ensalada voladora nunca hubieran pasado un año nuevo tan a gusto. Se hizo tradición recibir el año juntos, aunque fue unánime que no fuera Sara la anfitriona (o al menos, sin supervisión).

Moraleja: Esto es ficción. Es fácilmente reconocible porque de haber pasado en la realidad, Sara hubiera sido mundialmente conocida como "La amargada de fin de año". Este final tan incoherente fue escrito con un propósito educativo, y es éste: Todos sabemos que el 2012 seguirá siendo una $#$%# con la crisis y esas cosas, pero que eso no nos impida disfrutarlo igual.

¡FELIZ AÑO NUEVO!

domingo, 18 de diciembre de 2011

 No permitamos que la lucha de Eva sea en vano.

Imagen: unionradio.net

¡TÓCATE!

jueves, 3 de noviembre de 2011

Las estanterías llenas


A nadie le llama la atención algo familiar en un viaje. Nadie dice: "¡Mira! ¡Guao!" cuando ve a un niño en una patineta, a un anciano en un parque dando de comer a las palomas o a un carro parado en la calle. Nos maravillamos, sorprendemos, alegramos y hasta destapamos nuestra más infantil curiosidad sólo con las cosas que no nos resultan cotidianas, y si las "cosas sorprendentes" son esenciales, sabremos que debemos preocuparnos.

Alguien me contó una vez que llevó a una persona de algún país de la ex Unión Soviética a un supermercado, y que cuando esta persona vio las estanterías llenas, comenzó a llorar. Es un relato conmovedor que nos resultaría algo así como sacado de una película del cine independiente, de no ser porque los venezolanos nos estamos acostumbrando cada vez más a sorprendernos por cosas que para otros son básicas.

Este verano pude compartir con amigos y familiares venezolanos, cuyos comentarios en las calles arrugaban un poquito mi corazón. "¡Qué calle más limpia!" decía una, sin percatarse de lo triste que suena ese comentario cuando entiendes lo que subyace tras él. "¡Qué cantidad de turistas!", y mi mente viajaba en segundos a la Plaza Bolívar de mis 18 años, llena de grupos de turistas increíblemente extinguidos de la faz de mi país.

Siempre me sentí orgullosa y privilegiada de haber nacido y vivido en Caracas, y sin embargo, tengo dos años aquí y es el tiempo que llevo acostumbrándome a las caminatas nocturnas, a dejar de mirar a los lados por si viene alguien que pueda hacerme daño, a dejar la puerta de la casa sin llave y... a tener muchas opciones en las estanterías del supermercado. Siendo así, no puedo dejar de preguntarme: si ése es mi caso, ¿cómo será el de la gente de los pueblos, cuyos servicios básicos -agua, luz, transporte...- nunca han sido totalmente solventes?

Extraño la ciudad donde nací, donde me fastidiaban un poco los turistas porque entorpecían mi ruta hacia el metro (que era todo un orgullo, "el mejor del mundo"), donde la luz, el agua, la limpieza y las estanterías llenas se daban por hecho. Extraño la metrópolis imponente que se volvía referencia en el mundo con sus torres de Parque Central y de El Silencio tan bien cuidadas como la UCV. Mi ciudad bonita, la de los médicos de punta y los hospitales reputados.

Y así como extraño, también tengo esperanza...

Espero que cada día seamos más los que recordamos esa otra ciudad, porque es el primer paso para volver a tenerla.

sábado, 9 de julio de 2011

A Facundo, con amor


Viniste a mi vida sin percatarte.
Nunca te enteraste de lo mucho que significaban tus palabras para mí.
Jamás me viste reír y llorar al escucharte, al imaginarte junto al Cortez que te complementaba para hacer un diálogo perfecto.
Tenías tanta razón en todo...
Ahora le tengo más miedo a los pendejos porque comprobé tu teoría: votan, y son mayoría.
He dejado de pelear para comenzar a vivir, porque como dices, no se puede hacer las dos cosas a la vez.
Sobreviviste a cruces gigantes con una sonrisa en la cara.
Y hoy, con una tristeza en el alma y sabiendo que el mundo nunca más podrá ser mejor, debo ser fuerte para que te sientas orgulloso de mí.
Debo darte las gracias por crear vínculos y recuerdos, historias y conexiones más allá de las que había logrado jamás.
Debo reconocer tu valentía y tu nobleza, tu voz tranquila que sirvió sólo para transmitir verdades.
Debo recordar que te nos adelantaste, nada más. Que nos estarás esperando junto a aquellas personas maravillosas que hoy te recibieron con los brazos abiertos. Que cuando quiera encontrarte sólo debo escucharte decir que estás en todas partes porque eres parte del Universo.
Debo hacer todo esto, pero sin llorar.
Porque "llorar por la muerte es faltarle el respeto a la vida".
Hasta luego, Facundo.